Han
transcurrido 50 años de los acontecimientos que culminaron con la masacre del 2
de octubre en Tlatelolco; vivencia traumática que para muchos mexicanos representó
una transmisión mortífera transgeneracional que no podrá ser elaborada mientras
no se tenga acceso a la verdad. En la subjetividad social, estos eventos
despiertan vivencias dolorosas, angustiantes y de enojo que siguen vigentes.
Sergio Aguayo menciona: “El que no sepamos
exactamente qué sucedió, ni se haya llevado ante la justicia a nadie…
Tlatelolco sigue siendo el paradigma, el símbolo, el recordatorio que México es
el paraíso de la impunidad.” (Fuente: Documental de Discovery Channel: Matanza
de Tlatelolco). Hay que recalcar, junto con René Kaës (2006), que “la violencia
de la acción mortífera colectiva –la máquina de muerte administrada por la
institución del terror de Estado– se acrecienta por la violencia de la
denegación, del borramiento del asesinato” (Pág. 17).
Estremece
la fuerza con la que la juventud de esa época asumía la lucha por la libertad ante
un régimen fascista. En palabras de Castoriadis (2013) esto representa la pugna
de una sociedad instituyente por modificar la instituida. Fue un golpe devastador
en su momento, porque el mensaje que quedó fijado en el imaginario colectivo fue
el de la imposibilidad de un posible cambio; prevaleció la desesperanza.
El
Estado, y quizá gran parte de la población mexicana, no podía tolerar un cambio
social. Entre los mecanismos que operan en el aparato psíquico ante la ansiedad
que despierta el cambio, están la escisión y la paranoia; se impide así la elaboración
e integración de las ansiedades despertadas; lo cual lograría superar la
resistencia al cambio y combatir la paralización del Yo (Pichón-Riviere, 1997).
Parece que a 50 años, la población en México está más empeñada en un cambio, al
menos político.
Finalmente,
cabe destacar que, “sean cuales fueren los factores que patrocinan cualquier
acto concreto de genocidio, el elemento nuclear del estado mental fascista (en
el individuo o el grupo) es una ideología –narcisísticamente patológica y
totalitaria– que mantiene su certidumbre merced a la operación de determinados
mecanismos mentales destinados a eliminar toda oposición” (Bollas, 1994. Pág.
245). Un ejemplo de esto es el expresidente Díaz Ordaz. Pero hay que recordar
que, la intolerancia a lo diferente debería de constituir una señal de
advertencia de nuestra propia tendencia a imponer, y del peligro que esto
representa; pues puede llevar al grado de vacío moral que incluye el exterminio
de otro ser humano. Menciona Bollas que “la patología del movimiento fascista
está dentro de cada uno de nosotros” (Íbidem. Pág. 241).
Es por eso que la
tolerancia y la elaboración de las angustias propias, es una manera de honrar
el movimiento del 68’ y a sus víctimas. Es una manera de mantener viva la
memoria, historizando y pensando juntos, para comprender y no repetir. ¡El 2 de
octubre no se olvida!
A ustedes ¿qué
reflexiones les dejan estos acontecimientos, a 50 años, desde la perspectiva de
sus conocimientos de psicología social y/o desde el psicoanálisis?
Fuentes
- Bollas, Ch.
(1994). Ser un personaje. Argentina: Paidós.
- Castoriadis,
C. (2013). La institución imaginaria de la sociedad. México: Tusquets.
- Pichón-Riviere,
E. (1997). El proceso Grupal; del Psicoanálisis a la Psicología Social.
Argentina: Nueva Visión.
- Puget, J.,
Kaës, R. Comp. (2006). Violencia de Estado
y psicoanálisis. Argentina: Lumen.
- Tlatelolco,
las claves de la masacre. https://www.youtube.com/watch?time_continue=4&v=I1Q67ckeEO0
- Documental
de Discovery Channel: Matanza de Tlatelolco. https://www.youtube.com/watch?time_continue=1260&v=8FUdd6Wy3Qg
- Díaz Ordaz y
el 68’. https://www.youtube.com/watch?v=eD2QSxjIPYc
